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HOMBRES DE FUEGO

DESDE EL 19 DE MARZO 20 HS
HEREDEROS DE LA TIERRA
Por Lic Stella Arber

Hace unos años y como parte de una performance de la ceramista Ana Hillar, Raúl Cottone sacó estas fotos que integran la serie “Incapaces de dormir, pero soñando sin cesar”.

Impactan las imágenes de los cuerpos desnudos contenidos y despedidos a la vez por la tierra, condenados en un devenir indisoluble entre el hombre y la madre naturaleza.

Lo simbólico se impone inmediatamente y surge ese punto clave que equilibra el nacimiento y la muerte sin orden de prioridad y sin desmesura alguna, brindando una naturalidad absoluta en ese dualismo orgánico ancestral.

Fundidos en un acuerdo reiterado desde tiempos inmemoriales donde se produce una y otra vez la gran sentencia de la vida…o de la muerte. Decodificar de qué momento se trata, nos pondrá a nosotros a dilucidarlo.

Aparece en todo momento y en cada imagen el rumor original de la tierra despidiendo o abrazando estos cuerpos en el evento biológico que se apropia desde adentro de la experiencia humana. Como dueños de la tierra que habitan, constituyen las entrañas del interior profundo, en su carga corpórea, desde el privilegio de la visibilidad de la forma humana se sitúan en convivencia con la mutante membrana de barro que los transforma.

Los cuerpos transmiten una brutal potencia y determinan una carnalidad íntima, exhibida pero a la vez velada por esa otra piel compuesta de lodo.

Esta es la eterna comunión primaria que una y otra vez se hace sentir cuando la tierra abre sus fauces para dejar ver estas apariciones. Allí se produce una materialidad sensorial de esos seres que emergen purificados,(ya sea que vengan o se vayan del planeta) en la potencialidad latente de la vitalidad activa.

El fuego hace su parte, ardiente, flameante, haciendo crujir las almas en sus despliegues. Quedan las marcas de las siluetas, esos receptáculos contenedores de los cuerpos. La huella fuertemente marcada en la propia tierra es la metáfora de la ausencia. Las figuras marcadas en la tierra recuerdan a rituales ancestrales de pueblos originarios, donde la sangre, el fuego y la tierra se conectaban para reclamar a los muertos.

En los años 70 Ana Mendieta recrea esos rituales a través de performances de “contornos vaciados” en la tierra, huellas finales en el territorio del camposanto. Cottone homenajea estas acciones, con un material fotográfico que testimonia los “restos” transmitiendo desde su exploración el reclamo de ser parte y herederos de la naturaleza. Todo el corpus de obras es un relato simbólico de lo humano mostrando las arcaicas figuras y dejando una vez más al hombre en su aspecto más visceral y al desnudo.