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LA ALTERNATIVA DEL NUDO Y SU ACROBACIA

Desde el 25 de septiembre Raúl Roa presenta una muestra de grabados (y algunas pinturas)
Por Miguel Grattier

La imagen flota autosuficiente en el cuadro. Está arrojada, como sin pasado ni futuro. Posee zonas que, definitivamente, no serán clausuradas.

No importa si es un paisaje borroso o un barco solitario. Es la imagen fijada en el espacio, que se ha desprendido del tiempo, lo que inquieta. Roa ha construido este constante y, por eso, se puede permitir pintar cualquier cosa, sin negar (más bien ostentando) su formación académica.

Hace un tiempo encontré al artista, después de algunos años, y le pregunté si seguía pintando.

Entonces me mostró noventa y nueve grabados y allí, entre el grabado y la pintura, quedó establecida la alter-nativa que confirma lo que él no puede controlar y que, finalmente, constituye su sino: una actitud primitiva y salvaje que, según el soporte, le permite expresar una intención narrativa en el grabado o lo obliga a ceder ante el color en la pintura.

En el grabado se evidencia ese instinto primario, por un lado, en la intencionalidad directa de la figura y, por el otro, en la factura, en la leve incisión del taco que deja la línea decidida, precisa y vehemente.

El grabado no debería ser mucho más que esto, aunque la excitación conceptual de la actual coyuntura estética pretenda transformarlo en algo así como un oficio para muje-res, es decir, un arte culinario hecho de recetas. El grabado número cien, el que no me mostró, se titula Grattier, estás muerto. Esta obra,
en ocasión de haber sido expuesta, causó la satisfacción de numerosos plásticos.

Pero volviendo a la pintura, la cosa adquiere otra complejidad. La actitud primitiva y salvaje, irreversible e intransigente en la pincelada y ante la materia, se suaviza subyugada por la impronta del color. Lo que Roa obtiene en el grabado como de taquito, en la pintura se torna un territorio de conflictos: el color lo obliga a buscar racionalidad, orden y control. Y al someterse al color,

Roa deviene un pintor exquisito, académico y formalista. En esa tensión entre lo dionisíaco y lo apolíneo, entre su voluntad sensualista y su formación académica, Roa fija la imagen y, una vez fijada, la abandona como quien ató el nudo dando más largo al piolín en un salto de acróbata sobre el tiempo. Así, el espacio, dimensión de la pintura, su-blima al tiempo y la obra opera desde su autosuficiente soledad.

Hay rasgos que explicitan el carácter contemporáneo de esta obra: la figura no representa nada; la búsqueda es formalista: la alternativa que consume a Roa no plantea interrogantes sino certezas.