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LUIS NIVEIRO - VIDA PRIVADA

SE PRESENTARÁ EL PROYECTO LA LINEA PIENSA - DIBUJOS 1982-2012

Por Eduardo Stupía

En una suerte de diario íntimo de figuras y retratos, trazados en tinta y con intensidad de quemazón, en hojas arrancadas de anacrónicas guías de teléfono, o bien de las cercanamente exóticas páginas de periódicos coreanos, Luis Niveiro propone una tensa, incómoda dualidad entre la evocación de la pose explícita y resecas fisonomías de tinte expresionista, entre un manierismo de fisicoculturista y máscaras de cera repentinamente locuaces, entre la evocación de la gimnasia amatoria y la plasmación cruda de cuerpos expuestos a la mirada del deseo. Niveiro se hace cargo de esa tradición, o de ese karma, donde la pluma y el pincel no son solamente herramientas para el despliegue de un lenguaje representativo, sino explícitas extensiones sensuales del tacto del artista, de su pulsiones secretas y reveladas, de su carácter, para que dibujar no sea sólo describir y revelar esos cuerpos, sino, de algún modo, también poseerlos.
En ese sentido, Niveiro no deja mucho margen para la indiferencia, ni siquiera para la interpretación. Somos testigos o cómplices de esa filosa caricia imaginaria, de ese modo de tocar con fervor pero a la distancia, como a sabiendas de que se trata de modelos inapresables, que se corporizan solamente en la intimidad del dibujo. Este verdadero compendio iconográfico de anhelos y confesiones, de gestos, muecas y posturas tan afiebradas y tan desoladas, se extiende en un amplio campo expresivo, entre la espectacularidad escénica de los grandes rollos, que cuelgan de lo alto con urgencia de manifiesto, y las arrugas terminales de un papel foráneo, usado, raído, donde la tinta parece la sanguínea brea de una herida atávica, derramada en venas electrizadas y oscuros charcos.
Los contornos sin volumen se crispan en trazos ritualizados, feroces tatuajes empetrolados sobre una epidermis gastada, impregnada en un color de formol reseco, cubierta por la erupción de centenares y miles de nombres y números de teléfono, que se extienden absurdos, anónimos, interminables, como si en la alusión masiva a hipotéticos protagonistas de dramas urbanos, donde en cada llamada posible acecha un
eventual rendezvous, el artista le cantara al síntoma desnudo del amor físico, y a la vez detectara en el suspenso de la localización numérica la clave de un Ars Amandi del encuentro evocado, y también de aquél que no fué, ni será nunca.